viernes, 21 de octubre de 2011
El vuelo de la gaviota ...
Su vida era un fénix que resurgía con fuerza, una y otra vez, a través de la vieja ceniza que cubría la impronta de todos sus recuerdos. Y, sus ojos brillaban. Era el reflejo del fulgor ígneo que iluminaba su horizonte… El vuelo del ave que un día quiso ser; cuando de niña soñaba que su cuerpo de nube rozaba la ingravidez; cuando ante la tristeza y el sufrimiento la levedad de la carne apelaba a la bondad de un refugio, uno, lejano, apartado de todo, donde no ser vista ni alcanzada. Era como, cuando jugaba a dejar caer el peso de su cuerpo flaco encima de la cama; a dejar salir su espíritu, a dejarse ir… Ella aun no era consciente de ello; jugaba a evadirse de la prisión que supone la realidad, la herencia de un pecado original que no admite dispensa alguna, un pecado por el que pagamos cada día. Jugaba desde la curiosidad de su inocencia, a experimentar la libertad de una vuelta atrás, a ser, o, tal vez, a no ser nada.., no sabía el por qué lo hacía, pero siempre tuvo la certeza de que esa sensación la reconfortaba. El vuelo que se inició con aquella primera bocanada de aire, acabó –quién se lo iba a decir a ella- por ser una autentica acrobacia. Embuida en la rosa de los vientos; zarandeada por la tormenta, subsiste la gaviota: Abajo, en tierra, pisando suelo firme; oculta en la cresta del acantilado, cuando es necesario curar heridas… Arriba, en el cielo, soñadora; la libertad la devuelve al ancestral planear de la vida, así es como restablece su paz. Y, allí, donde el tiempo se detuvo, donde la nada y el olvido aun importan, donde se reescribe el amor con la caricia de la brisa, como única palabra… Allí la aguarda un viejo sueño, el mar. Un nuevo reto. El último vuelo para sus cansadas alas... A.O.
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