Hace tiempo alguien, muy querido, me enseñó que la autentica tragedia de la vida, no es la muerte. La autentica tragedia consiste en dejar marchitar nuestro interior, día tras día, mientras nos esforzamos en demostrar al mundo que estamos vivos.
La contradicción se instala en el ser humano, desde el momento en que respira, por primera vez, por sí mismo. Es en ese instante, en el que se nos entrega el don de la suficiencia, y un tiempo precioso, un libro en blanco en el que rescribir nuestros trazos, a medida que la madurez nos lo permita.
Ante el milagro de la vida, se antepone el drama de la muerte. El libre albedrío será quien se encargue del punto y final. Nosotros, difícilmente, sabremos las páginas que ocupara nuestra historia.
Se nos concede un tiempo precioso, para aprender a vivir, y a través de nuestras vivencias crecer; por dentro y por fuera. Solo nosotros decidimos como emplear ese tiempo.
Nos llegará, o, no, la vejez, y cuando ésta nos llegue, será como un invierno en nuestras vidas. Si hemos mostrado lealtad a la previsión y a la cautela nuestro interior estará en paz, y esa paz se reflejará en todo cuanto nos rodea. La mayor riqueza de un ser humano es poder llegar a la senectud, habiendo vivido plena y conscientemente…, habiendo experimentado con todos los sentidos, y sentimientos; los que dibujan sonrisas y los que, inevitablemente, provocan amargura. Ambos extremos son del todo necesarios, porque “sin haber pasado previamente por lo malo, es imposible saber reconocer y valorar lo bueno”. Y es la amargura, desde lo más profundo, la que nos impulsa, como polillas, en busca de la luz. El instinto de supervivencia nos empuja, no queda otra, hay que seguir avanzando… Hay que saber vivir con la conciencia del aquí y del ahora, poniendo en ello toda nuestra sagacidad. Porque vivir no solo significa respirar; es tener la valentía de salir, cada día, en busca de la felicidad..., Es formar parte de todo, y permitir que ese todo habite en nuestro interior. Saber guardar un poco de alegría y sorprendernos, como lo haría un niño ante las pequeñas cosas de la vida. Sí, definitivamente, vivir es mucho más. AO.

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